Un cohete con un motor apagado y otro fallando llegó al espacio y volvió
Starship V3 voló con un motor apagado y otro fallando, alcanzó 195 km de altitud, desplegó satélites y reingresó sin recuperar etapas. El diseño funciona, aunque no sea perfecto.

En breve
- • Starship V3 voló con un motor apagado y otro fallando, alcanzó 195 km de altitud, desplegó satélites y reingresó sin recuperar etapas. El diseño funciona, aunque no sea perfecto.
El viernes, el cielo sobre el Golfo de México se partió en dos.
No fue un trueno. No fue un relámpago. Fue un cohete de 124 metros de altura —más alto que la Torre Eiffel— que despegó con 81 millones de newtons de empuje, el impulso más fuerte que cualquier máquina humana haya generado hasta hoy. Starship V3, la versión más reciente del cohete de SpaceX, no solo despegó: voló, se separó, reingresó y aterrizó como se planeó. Y lo hizo con un motor apagado, otro fallando, y sin intentar recuperar ninguna de sus dos etapas.
Nadie esperaba que fuera perfecto.
Pero sí esperaban que fuera posible. Y eso, para muchos, ya era suficiente.
Starship V3 es el duodécimo vuelo de prueba de este sistema, pero el primero en siete meses. En los anteriores, el cohete explotó en el aire, se desintegró en la caída, o se perdió en el mar antes de completar su misión. Esta vez, aunque no todo salió como el manual, el resultado fue claro: el diseño funciona. No como un prototipo, sino como una máquina que puede, algún día, llevar personas a la Luna.
Durante los primeros segundos, uno de los 33 motores Raptor del propulsor Super Heavy no se encendió. El cohete se inclinó ligeramente, pero no se descontroló. Los sistemas de control lo compensaron. Siguió subiendo. A los pocos minutos, el propulsor se separó, como estaba previsto, y cayó en el Golfo de México. Starship, la parte superior, continuó su ascenso. Pero uno de sus seis motores también dejó de funcionar. Eso redujo su capacidad para alcanzar la órbita completa. Aun así, logró elevarse hasta 195 kilómetros —más allá de la atmósfera densa— y allí, en el vacío, desplegó 20 satélites simulados de Starlink. Dos satélites reales, diseñados para observar el escudo térmico de Starship, tomaron fotos desde el espacio. Una de ellas, liberada minutos después del despegue, muestra el cohete flotando en la oscuridad, brillando como un alfiler de luz contra el negro del universo.
Luego vino la reentrada.
A los 47 minutos del lanzamiento, Starship giró 180 grados, como si se diera la vuelta para enfrentar el fuego. La atmósfera la envolvió en llamas, pero el escudo térmico —el mismo que llevará a los astronautas de la NASA a la Luna— resistió. No se quemó. No se desmoronó. Aterrizó suavemente, como un pájaro que regresa a su nido.
El equipo en tierra aplaudió. No por la perfección, sino por la persistencia.
Esta prueba no era solo sobre tecnología. Era sobre confianza.
La NASA confía tanto en Starship que ha diseñado toda su misión Artemis III —el primer aterrizaje humano en la Luna desde 1972— alrededor de él. En 2027, la cápsula Orion de la NASA se acoplará en órbita lunar con una versión modificada de Starship, que llevará a los astronautas hasta la superficie lunar en 2028. Pero el reloj corre en contra de SpaceX. La oficina de inspección general de la NASA ha advertido que, por los retrasos en las pruebas, es posible que Starship no esté listo a tiempo. Las explosiones pasadas no fueron errores menores: fueron lecciones costosas. Y aún no se ha demostrado que el sistema pueda volar con frecuencia, como una aeronave comercial.
Sin embargo, SpaceX no está construyendo solo un cohete. Está construyendo una plataforma.
Con su capacidad para llevar hasta 100 toneladas métricas a la órbita en modo reutilizable, Starship podría cambiar el costo de todo lo que hacemos en el espacio. En lugar de lanzar un satélite cada dos años, se podrían lanzar cientos en semanas. En lugar de enviar un telescopio cada década, se podrían enviar docenas. Y aquí está lo inesperado: SpaceX ya está hablando de construir centros de datos de inteligencia artificial en el espacio.
No como una fantasía. Como un plan.
La idea es simple: en órbita, los servidores no se calientan por el aire, no necesitan aire acondicionado, y pueden enfriarse con radiadores. El vacío es un refrigerador perfecto. Si puedes lanzar 100 toneladas de hardware al espacio, ¿por qué no colocar allí la próxima generación de supercomputadoras?
La inteligencia artificial que hoy se entrena en Texas o Singapur podría, en el futuro, entrenarse en el espacio. Con menos calor, menos energía, y más espacio.
Y todo eso depende de que Starship funcione. No una vez. No dos veces. Cada semana.
Este vuelo no fue el final de una historia. Fue el primer capítulo de una nueva.
La pregunta ya no es si Starship puede llegar a la Luna.
La pregunta es: ¿qué haremos cuando pueda llevarnos allí, y más allá, cada mes?
Esta historia se actualiza. La próxima prueba de Starship está programada para antes de que termine el verano.
Relacionado
Lecturas conectadas para seguir el hilo.




